EL ECONOMISTA CONFINADO

 

INTRODUCCIÓN

El día 16 de marzo del 2020, ante el confinamiento de todos los ciudadanos españoles provocado por la pandemia del Covid-19, decidí ir realizando un seguimiento de las principales cifras macroeconómicas de España, dentro del contexto económico de la Unión Europea y con la influencia de un mercado cada vez más globalizado.

Soy economista y pensé que una forma de pasar el tiempo durante el confinamiento tenía que ser mediante el propio aprendizaje. Dicen que los economistas somos expertos en analizar el pasado, pero no en predecir el futuro. Efectivamente, no tenemos la varita mágica, ni la bola de cristal que nos permita anticipar acontecimientos, especialmente cuando en España, nos encontrábamos ante una situación de incertidumbre desconocida desde hacía varias generaciones. Lo que sí tenemos los economistas es una formación que nos habilita para tener una visión global de muchos aspectos socioeconómicos y en base al análisis de los mismos, tratar de anticipar propuestas que permitan reducir la incertidumbre a la hora de tomar decisiones.

 

LOS PRIMEROS SÍNTOMAS

Hablamos de incertidumbre y no de riesgo, pues en el mundo económico decimos que al riesgo se le pueden asignar probabilidades, pero la incertidumbre no es medible, solo valoramos opciones y actuamos de forma intuitiva. Desde diciembre del 2019, escuchábamos a través de todos los medios de comunicación y en las redes sociales, la existencia de una enfermedad provocada por un virus, que se contagiaba rápidamente y que tenía una alta mortalidad, además de conocer que su origen estaba en la ciudad china de Wuhan.

A principio de enero de 2020 se detectaron contagios en Japón, Corea, Tailandia y Estados Unidos. El día 23, China cerraba perimetralmente Wuhan y quedaba en cuarentena. A finales de enero, tuvimos noticias de un primer caso en territorio español,  un turista en La Gomera. Y ya a mediados de febrero, el gobierno italiano cerraba varias ciudades en la Lombardía. Estas noticias empezaron a generar incertidumbre en España y un gran evento mundial de telefonía, como el Barcelona World Mobile era cancelado.

Un buen gestor tenía que estar dispuesto a afrontar las incertidumbres y calcular los riesgos, para tomar las decisiones adecuadas y reducir el impacto en su entorno. Sin embargo, en España, un exceso de confianza de nuestras autoridades impidió valorar los riesgos de contagio, además se demoró demasiado el diagnostico de los primeros pacientes y se manejó una información algo caótica.

Unos días antes del confinamiento, el día 5 de marzo, mi buen amigo Federico Linares, Presidente de la empresa de servicios profesionales y consultoría EY España, -antes conocida como Ernst & Young-, había activado un plan de prevención interno en su empresa, al detectar un caso de coronavirus en sus oficinas centrales de Madrid y había dispuesto a teletrabajar a 3.100 profesionales desde sus respectivas casas hasta nuevo aviso. También suspendían todos los viajes y desplazamientos previstos desde otras oficinas a la sede central en la capital de España. Aquella noche llamé por teléfono a Federico y tras contarme el desafío que le había supuesto la toma de decisiones, consideraba que, para él,  “en primer lugar, lo principal era garantizar la seguridad y la salud de la plantilla, pero que, en segundo lugar, también suponía un reto tener que acelerar la adaptación a las nuevas tendencias de trabajo, el teletrabajo”. Tras Telefónica, EY era la segunda gran empresa española que hacían público los primeros casos de coronavirus dentro de sus plantillas en los primeros días de marzo del 2020.

El día 8 de marzo, se había convocado una manifestación en Madrid por el Día Internacional de la Mujer, -conocida como el 8-M-, promovida por diferentes organizaciones y contando con el apoyo del gobierno y sus líderes más representativos. Sin lugar a duda, faltaba previsión y se primaban los intereses políticos por delante del sentido común. Un buen gestor, debería haber estado dispuesto a afrontar las incertidumbres y calcular los riesgos para tomar decisiones correctas y reducir el impacto entre sus ciudadanos, como tres días antes hizo Federico Linares en su organización.

A priori, que una crisis sanitaria como la del coronavirus, se pudiese convertir en una crisis económica sin precedentes parecía algo impensable, sin embargo, pocos días después, el día 16 de marzo de 2020, el más claro indicio aparecía en los mercados organizados de valores. Las bolsas de todo el mundo reflejaban lo que los economistas suelen llamar una “economía de guerra”. La crisis sanitaria obligaba a paralizar la actividad económica, tras la entrada, en el caso español, del Real Decreto 463/2020 que impulsaba el gobierno presidido por Pedro Sánchez y obligaba a todos los ciudadanos y empresarios a adoptar decisiones importantes en sus vidas familiares, profesionales y empresariales e igualmente requería una respuesta rápida y global de las administraciones públicas. En esos momentos, era muy difícil cuantificar el impacto económico, pero lo que sí ya se podía anticipar, es que el impacto sería mayor, cuanto más durase la crisis sanitaria.

Un escenario de paralización total de la economía era nuevo para la mayoría de la población española. Solamente algunas personas muy mayores,- los más vulnerables en esos momentos-, habían conocido una economía prebélica, una economía de guerra o una economía de postguerra, como ocurrió antes, durante y tras la Guerra Civil española.

 

EL LUNES NEGRO

El día 25 de febrero, la Bolsa española, daba un aviso, con fuertes caídas en las cotizaciones, especialmente de empresas vinculadas al sector turístico. El lunes 16 de marzo, el “lunes negro” como le llamaron algunos periodistas económicos, se reflejaba en el índice de la Bolsa española, en el IBEX-35. En menos de un mes, el mencionado indicador había pasado de rondar los 10.000 puntos, el 19 de febrero del 2020, a caer por debajo de los 6.000 puntos. Ese día fatídico, el índice de referencia de la Bolsa española, en algunos momentos llegó a perder un 12,29% de su valor y perforar los 5.814 puntos, pero finalmente cedía un 7,88%, hasta los 6.107 puntos. En el acumulado del año, este recorte, dejaba la caída del índice de referencia español en un 38,22% desde el 24 de febrero y perdía un 36% de su valor desde el inicio del año 2020. Suponía un nuevo mínimo desde julio del 2012. Los más agoreros ya vaticinaban que si no se introducían alicientes económicos externos por el gobierno, no sería descartable ver el índice IBEX-35 en los 5.200 puntos, mínimos del año 2002.  En el caso español, ya se anticipaba la necesidad de contar adicionalmente con el apoyo de la Unión Europea como salvavidas.

El día 17 de marzo de 2020, el Gobierno de España, aprobaba un paquete de medidas económicas, con ayudas por importe de 200.000 millones de euros y los mercados internacionales esperaban que el Gobierno de los Estados Unidos de América aprobase un plan de ayudas por 850.000 millones de dólares. La tranquilidad parecía volver a los mercados después del “lunes negro”, con caídas en algunos mercados mundiales que no se habían visto desde otro lunes, el 19 de octubre 1987, fecha en la que los mercados de todo el mundo se desplomaron en un breve espacio de tiempo, provocado por un sentimiento de colapso inminente debido a un excesivo endeudamiento.

A las 18:00 horas del día 17 de marzo del 2020, el IBEX-35, había subido un 6,41%, la mayor subida del índice de referencia de la Bolsa española desde diciembre del 2008 y tocaba los 6.500 puntos animada por las medidas dispuestas por el gobierno español para paliar los efectos económicos de la pandemia por el coronavirus, se habían aprobado 200.000 millones de euros en ayudas, de los cuales 100.000 millones de euros se destinarían para líneas de avales a empresas. La tranquilidad volvía a los mercados después del “lunes negro” pero un análisis más sosegado de las medidas propuestas ya generaban las primeras dudas.

En Francia, el Presidente Enmanuel Macron, solicitaba a la Unión Europea el cierre de sus fronteras exteriores y ordenaba a los ciudadanos franceses a quedarse en sus casas durante quince días. Empezábamos a escuchar la palabra “cuarentena”.

En Italia, el país de la Unión Europea que en esos momentos estaba más afectado por el coronavirus, se anunciaba que el gobierno nacionalizaría Alitalia, la compañía aérea símbolo del país transalpino.

En el Reino Unido, con el Presidente Boris Johnson algo desorientado y enfrascado en la resaca del Brexit, hizo una primera manifestación “primero la economía” y posteriormente, tras vivir en primera persona el contagio del virus y tener que pasar unos días convaleciente, se vio obligado a rectificar a “primero las personas” y lanzaba un primer aviso a la población solicitando “evitar el contacto social”.

En Alemania se publicaba el “Zew” económico, un índice de referencia del sentimiento económico de la confianza de los alemanes en su economía y éste quedaba en -46,50 puntos, frente a la estimación del -26,40 anterior y la previa de +8,7%.

Lógicamente, para cualquier observador, el cierre de fronteras en la Unión Europea, la incertidumbre generada en el Reino Unido y la desconfianza manifestada por los alemanes nos anticipaba cierta preocupación y cualquier oscilación de las bolsas serían síntomas de cambio, sin embargo, tras una caída superior al 40% era predecible que tardásemos en asistir a un movimiento sostenido de los mercados.

¿Qué ocurría en Wall Street? Los principales índices de referencia volvieron a desplomarse más de un 12%. La sesión bursátil arrancó con desplomes del 7% que obligaba por tercera vez en seis días, a activar los mecanismos para evitar el pánico financiero e implicaba la suspensión temporal de las operaciones en el parqué (símil del mercado organizado por sus orígenes con suelos de madera).

El sistema de suspender temporalmente las operaciones se ideó en los años ochenta y hasta la fecha solo se había activado en 1994. Claramente la pandemia del coronavirus estaba poniendo a prueba a las fórmulas tradicionales de los mercados.

Ese mismo día, el Dow Jones, otro índice de referencia, bajó un 13%, la segunda mayor caída de su historia. El Stándard & Poor´s 500, también conocido como S&P 500, uno de los índices más importantes de los Estados Unidos, y al que se le considera que más se acerca a la situación real de los mercados bajaba un 12%.  Del mismo modo, el Nasdaq 100, índice que recoge los 100 valores más importantes de la industria tecnológica, perdía un 12,3%.

Fuente:Apuntes realizados por el Economista Confinado

El DJ acumulaba pérdidas del 32%, el S&P 500 un 30% y el Nasdaq un 30%. Ese día, el Presidente Donald Trump asumía una recesión económica en EE. UU.

Por la tarde estuve hablando telefónicamente, con mi querido amigo Pedro Alonso, también economista y muy dado a los análisis del mercado americano, y según él, “en España tenemos historia, cultura, sol, playas y gastronomía, pero no tenemos empresas, seguimos siendo comerciantes”. Por teléfono y WhatsApp, nos dedicamos a analizar una serie de gráficas económicas de diferentes índices y encontramos una gran similitud con las gráficas del Dow Jones entre 1928 y 1932, la conocida crisis del “Crack del 29”, la caída más catastrófica de la historia del mercado de valores en la bolsa de los estados Unidos, con un alcance global y una larga duración de sus secuelas y que dio lugar a la conocida como Gran Depresión de 1929, generando la ruina para grandes hombres de negocio y miles de pequeños inversores y una crisis que duró más de una década. Más de 100.000 empresas quebraron y millones de trabajadores fueron despedidos.

 

                                                  Fuente: Apuntes realizados por el Economista Confinado

Economistas de la Reserva Federal Americana, consideraban la posibilidad de alcanzar un 30% de desempleo, el triple de lo alcanzado en la crisis financiera del 2008 e incluso superior al 25% alcanzado en 1929. Adam Posen, Presidente del Instituto Petersen, vislumbraba caídas del 20%-30% de la demanda y recomendaba una inyección inmediata de créditos puentes para mantener la actividad empresarial cuando pasara la pandemia.

En resumen, los principales índices bursátiles americanos, que habían tocado récord en el mes de febrero anterior, se encontraban en un mercado a la baja provocado por el Covid-19, algo que los americanos vinieron a identificar con entrar en “la gruta del oso” o como diríamos en español, nos estábamos metiendo en “la boca del lobo”.

 

PERFIL DE LA EMPRESA ESPAÑOLA

Con objeto de ir centrando mis objetivos de análisis y aventurar predicciones quise hacer un breve esquema del perfil de la empresa española (Fuentes del Ministerio de Empleo y Seguridad Social con datos de mayo del 2018):

La economía española está basada en la microempresa o micro pyme (pequeña y mediana) y el 95% de las empresas españolas tienen menos de 10 trabajadores.

Las Pymes (entre 1 y 249 trabajadores) dan empleo a 8,5 millones de trabajadores. Las grandes empresas (con 250 empleados o más) dan empleo a 5,3 millones de trabajadores.

Las Pymes (con o sin trabajadores) suman un total de 2.876.302 empresas, lo que representa el 99,88% del total del tejido empresarial español.

En resumen, podemos decir que el perfil de la empresa española se ajusta según:

  • 53,60% son autónomos asalariados.
  • 39,90% son microempresas (entre 1 y 9 trabajadores).
  • 5,40% son pequeñas empresas (entre 10 y 49 trabajadores).
  • 0,90% son medianas empresas (entre 50 y 249 trabajadores).
  • 0,20% son grandes empresas (con 250 o más trabajadores).

 

Analizado el perfil de la empresa, también me hice la siguiente pregunta ¿Cuántos autónomos tenemos en España y cómo son?

Con cerca de 3,2 millones de autónomos registrados en el RETA (Régimen Especial de Trabajadores Autónomos) de la Seguridad Social, el número de autónomos en España sigue siendo casi el mismo desde que había estallado la anterior crisis a finales del 2008. Diez años después, al finalizar el 2018 y cuando la economía llevaba más de cuatro años de crecimiento, poco había variado en el perfil de los autónomos, que mayoritariamente siguen siendo hombres, se dedican al sector servicios y prácticamente tienen menos de diez empleados a su cargo. A finales del 2018, España tenía 1.993.902 autónomos directos y aproximadamente 1,2 millones de autónomos societarios. (Fuentes Diario Cinco Días de fecha 26 de enero de 2019).

Una nueva pregunta surgía: ¿Quién estaba sufriendo más en esos momentos?

A priori el sector turístico, la hostelería y las aerolíneas pues justo cuando empezaba la campaña de primavera el sector quedaba bloqueado.

Buscando referencias, IAG -empresa holding de Iberia y British Airways, entre otras aerolíneas- perdía en bolsa un 27,90%, el día 19 de marzo presentaba un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo) de tres meses y reducía su operativa de vuelos ante el coronavirus, afectando al 90% de los trabajadores de las áreas de vuelo, handling (manipulación), mantenimiento en línea y carga. Restringía los vuelos, pero mantendría una mínima conectividad de España en el corto, medio y largo recorrido. Además, tomaba medidas de ahorro de costes nunca aplicadas en su historia:

  1. Congelación de todas las contrataciones externas y servicios de consultoría.
  2. Cancelaciones de gastos discrecionales.
  3. Aplazamiento de formación corporativa.
  4. Supresión de todos los gastos de marketing y publicidad.

 

Finalmente, el tráfico aéreo cayó hasta el 80% en algunos aeropuertos españoles durante la pandemia, especialmente en aquellos enclaves eminentemente turísticos como Palma de Mallorca y las Islas Canarias.

Si analizamos lo que estaba ocurriendo en la compañía aérea IAG, era posible predecir que muchos otros sectores se verían afectados igualmente, desde la formación corporativa al marketing pasando por la consultoría. Se vislumbraba que el alcance de la crisis no sería específico de determinados sectores como el turismo, sino global dentro de nuestra economía, especialmente vinculada al sector servicios. En un primer análisis, parecía inmediato que algunas de las principales empresas españolas que cotizan en el IBEX-35 tendrían problemas y era previsible la entrada en números rojos de empresas como la propia IAG antes mencionada y correlativamente la empresa gestora de las infraestructuras aéreas españolas AENA , el proveedor de soluciones tecnológicas para la industria de los viajes AMADEUS, el referente español de los hoteles Meliá o un proveedor de suministros energéticos como REPSOL.

Los efectos del Covid-19 y la guerra comercial entre países productores de petróleo como Rusia y Arabia Saudí, estaban afectando a la que hace años era la primera empresa energética española por capitalización bursátil, REPSOL. El derrumbe de los precios del petróleo por debajo de los 25 dólares y la falta de demanda como consecuencia de la paralización de los mercados, daban lugar a una caída del precio de cotización del 56% en el parqué. El precio del petróleo se hundía hasta niveles que no visto desde hacía 18 años. La caída provocada por el desplome de la demanda mundial de petróleo, motivada por la expansión del Covid-19, suponía una caída acumulada del 64% desde principios del 2020.

Exceso de oferta y falta de demanda, anticipaban una crisis perfecta cuyos efectos están por ver. El también economista, Luís Garicano, se lamentaba en una declaraciones el día 18 de marzo de 2020, “estamos peor que en una economía de guerra, pues durante las guerras se sigue produciendo, pero actualmente no”.

La congelación sin precedentes de la demanda que se había producido en algunos sectores y la falta de fórmulas para calcular el tiempo de crisis en función de cuanto durase la pandemia, nos condicionaba cualquier predicción. En una economía de consumo, un drástico cambio en las costumbres de los ciudadanos, sumado al aumento de precauciones a la hora de hacer compras a largo plazo, dejaba en el aire muchos planes. ¿Quién compraría un coche nuevo para dejarlo parado en el garaje? ¿Quién invertiría en un apartamento turístico para dejarlo cerrado?

En España, el sector servicios representaba a finales del 2018, el 77,90% del empleo total, por encima del 74% de la media de la Unión Europea (UE-28), según datos del Instituto de Estudios Económicos (IEE) a partir de los datos publicados en el “European economy, digital publication 2019” de Eurostat.

El perfil de la empresa española que encontrábamos al inicio de la crisis sanitaria por la pandemia del Covi-19, era mayoritariamente en un 99,88% pequeña y mediana empresa. El sector servicios representa aproximadamente un 67,87% del PIB y la industria y la agricultura, representan el 19,99% y un 2,65% respectivamente. (Fuente: INE)

Se dibujaba un panorama desalentador porque, cuanto más tiempo pasara la economía por debajo de los niveles previos a la pandemia, más incompleta y lenta sería su recuperación. El cierre de actividad permitía anticipar la caída de muchas empresas y el despido de muchos trabajadores. Todo ello desemboca en una economía desconcertada, sin capacidad para reaccionar y sin confianza para invertir o para consumir.

Resumiendo, ya en los primeros días de la crisis sanitaria, el desplome de la demanda y los precios, los confinamientos y las restricciones provocadas por la pandemia con una estructura empresarial como la antes descrita, nos permitía aventurar para España, una larga crisis económica centrada fundamentalmente en el sector servicios y los autónomos-pymes, pero con implicaciones globales para nuestra economía que afectarían a todos los sectores. Se podía anticipar la necesidad de la vigencia de un plan de reconstrucción nacional con visión amplia y estratégica, que permitiese corregir los vicios de la economía española, dando por hecho una recuperación lenta y gradual.

 

RECESION VERSUS DEPRESIÓN

El economista de la Universidad de Oxford, Ian Goldin, alentaba desde el año 2015 de los riesgos sistémicos de un mundo interdependiente, recogidos en su libro “El defecto de la mariposa”. Una de sus declaraciones más predictivas es “las pandemias siempre amenazaron a la humanidad más que las guerras”.

Este exasesor de Nelson Mandela que también fue Vicepresidente del Banco Mundial, manifestaba en unas declaraciones el día 21 de marzo del 2021, que la crisis sanitaria por el Covid-19 sería mucho peor que la crisis del 2008 “podremos ver una cascada de choques financieros, con quiebras de empresas, pero también de países”, anticipaba el economista sudafricano. Señalaba el ejemplo de Italia, que ya atravesaba dificultades antes de la pandemia y consideraba la posibilidad de que las políticas de estímulo no funcionaran, al considerar que “tanto la oferta como la demanda están rotas”.

El día 18 de marzo de 2021, la revista estadounidense Barron’s,  publicada por Dow Jones & Company, una división de News Corp y una publicación asociada a The Wall Street Journal, que cubre la información financiera, la evolución del mercado y los datos estadísticos más importantes de EE. UU., hacía hincapié en la preocupación de los economistas por la situación económica. Al analizar los datos históricos apuntaban que era más probable una recesión (ha habido 33 recesiones desde 1854 y solo una Gran Depresión, entre 1929-1938), pero que lo acontecido en las semanas anteriores llevaba a los inversores a pensar que las consecuencias de la pandemia por el Covid-19 serían más severas de lo inicialmente esperado, máxime con tanta incertidumbre mundial.

La agencia de noticias Reuters, con sede en el Reino Unido, conocida por suministrar información a medios de comunicación y mercados financieros, publicaba el día 19 de marzo de 2020, una encuesta entre los principales analistas financieros y señalaba que EE. UU. tenía un 80% de probabilidad de entrar en recesión en los próximos doce meses. La parálisis económica causada por la pandemia sanitaria produciría una contracción de la economía mundial y de las principales economías del planeta, lo que arrastrará a los sistemas productivos emergentes a raíz de la interconexión que existe entre ellas.

La diferencia entre recesión y depresión radica en la duración de la crisis, en ese sentido, la depresión puede entenderse como una crisis de larga duración que, en términos económicos tiene efectos devastadores, debido a que en varios años solamente se presenta contracción económica, por tanto, gráficamente se observa una recta descendente, indicador de depresión económica. En cambio, la recesión es una crisis de corta duración, que puede durar meses o unos pocos años, en este caso se presentan periodos de altibajos en el crecimiento del PIB.

En el caso español, el desplome del consumo privado, la paralización de las inversiones, la caída del turismo a niveles desconocidos, y la también previsible caída de las exportaciones, anticipaban un escenario sin precedente en la historia económica reciente.

La crisis del 2008 fue una crisis financiera, que nació por el sobreendeudamiento de los bancos. En el caso español, esta crisis se vio acentuada por el estallido de una burbuja inmobiliaria. La solución fue la inyección de dinero del gobierno y del Banco Central Europeo a los propios bancos para animar el flujo del crédito.

A finales de marzo del 2020, las compras con tarjetas se hundían un 55%, nunca, ni siquiera durante la llamada Gran Recesión, 2008-2009 y 2010-2012 -crisis financiera y crisis de deuda respectivamente-, había ocurrido nada igual. Estos datos daban pie a un análisis preliminar sobre lo que estaba ocurriendo, cerca de un 25% de la economía, principalmente el sector hotelero, la restauración, el comercio minorista y el transporte estaban experimentando restricciones muy severas, mientras que otro 30% de la economía, principalmente el sector manufacturero y otros servicios, sufrían restricciones muy significativas. Estos datos anticipaban un impacto a corto plazo en la economía española de una magnitud desconocida, las rentas del trabajo, las más vulnerables a la crisis, estaban hundiendo el consumo.

A priori, la crisis del 2020 parecía una crisis mucho más amplia, porque nacía en las empresas y en los autónomos. Las empresas no pueden pagar a sus empleados porque no tienen ventas, los empleados dejan de consumir porque no tienen dinero y porque su miedo ante un futuro incierto se había disparado. Al caer los ingresos, se desplomaba el consumo y la inversión, subiría el paro, disminuiría la recaudación y aumentaría la deuda pública.

¿Sería una crisis perfecta? No hay oferta porque la gente no trabaja. No hay demanda porque nadie compra. Y no hay inversión porque nadie tiene la menor confianza ante una situación que hasta finales de marzo del 2020 solo aparecía en las películas de terror, con calles desiertas. El debate debería de estar en cuán profunda sería la recesión y en su defecto depresión.

 

UN AÑO DESPUÉS

Atendiendo a la petición de Reyes Rodríguez y Monserrat Casanovas, de escribir un artículo para el Boletín de la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País, -después de muchos años sin ser publicado-, y con la encomienda de dar una visión económica real, analizada y fundamentada sobre aspectos actuales de la economía española, me encuentro en la difícil situación de dibujar un panorama desalentador, cuanto más tiempo pase la economía por debajo de los niveles previos a la crisis sanitaria,  más tardaremos en ver la recuperación. ¿Por qué? Porque lo que se inició como una crisis sanitaria, se ha convertido en una crisis económica y veremos una crisis social, que se podrá acentuar con una crisis de confianza en las instituciones. La prolongación del cierre de actividad hace que muchas empresas tengan que cerrar y que los trabajadores que estaban en ERTE (expedientes de regulación temporal de empleo) acaben finalmente siendo despedidos.

El día 30 de enero del 2021, el diario económico Expansión, publicaba a doble hoja un gran titular: “Histórico hundimiento del PIB un 11%, el mayor desde la Guerra Civil. El desplome afecta prácticamente a todas las áreas de la economía, con la gran excepción del gasto público, que sube un 7% anual en el cuarto trimestre, el mayor ritmo desde el 2004. Además, algunos componentes clave del PIB, como la construcción o la inversión, agravan su caída en la recta final del año, lo que refleja la incertidumbre sobre una salida rápida de la crisis”.

Según cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadísticas, el Producto Interior Bruto (PIB) español, se contrajo un 11% en el 2020, respecto al año anterior, el mayor desastre económico en los últimos 84 años. Además, el propio organismo público alerta de que las cifras se podrán revisar a la baja en los próximos meses.

En cuanto a la deuda pública, la magnitud del problema es incluso mayor. En el 2021 se situará en el entorno del 120% del PIB y todavía seguirá subiendo, ya que el déficit público será superior al crecimiento del PIB si no se ponen remedios antes. Estos significan que la deuda estará casi 30 puntos por encima del nivel de deuda española en el 2019.

 

 

ANALIZANDO SECTORES ECONÓMICOS

Nos encontramos con que el sector del comercio, el transporte y la hostelería han sufrido un desplome interanual del 20,4%, como consecuencia de las restricciones sanitarias. En mi opinión estos datos aún no reflejan el verdadero impacto económico de las limitaciones a la hostelería y otros sectores durante más de un año.

El año 2020 desnudó a la industria de la moda en todo el mundo. Debido a los confinamientos primero y las restricciones comerciales y de ocio después, así como el teletrabajo y las malas perspectivas económicas. Al cierre del año, a nivel global, el textil perdió entre un 20% y un 25% de sus ventas, más en Europa (25%-30%) y EE. UU. (20%-25%) que en China (5%-10%), según datos de McKinsey. En España, pese al aumento de compras por internet, la caída fue del 39,8%, según la patronal del comercio textil Acotex.

El sector de la construcción ha caído un 18,2%, reflejando un descenso en la inversión a largo plazo ante la incertidumbre existente. La falta de confianza aplaza las inversiones y las cambiantes leyes sobre el alquiler y las ocupaciones ilegales, reducen un nicho inversor tradicional del ahorrador español. Dentro del sector inmobiliario, han sido los centros comerciales y las oficinas los que más se han visto afectados a consecuencia del cierre por la pandemia.

Las actividades artísticas y recreativas también se han hundido un 31,5%, ante la imposibilidad de organizar eventos y grandes aglomeraciones de personas. Igualmente ocurre con el sector del ocio y del deporte por similares circunstancias.

Según los datos de Contabilidad Nacional, el peso de la industria en la economía ha seguido reduciéndose. En 2019 acabó en el 14,2%, es decir, dos décimas por debajo del registro del año anterior y 1,6 puntos menos de su participación en el PIB (15,8%) en el inicio de la crisis hace 12 años. Esa aportación era, por ejemplo, del 19% en 2000 y llegó a casi el 30% en los años ochenta. La industria ha perdido unos 20.000 millones de contribución al PIB. En cuanto al empleo, este sector ocupaba en 2007 al 14,2% de la población laboral a tiempo completo. En 2019 sólo llegaba al 11,7%. Una pérdida de más de 600.000 asalariados que seguirá aumentando si no se toman medidas.

Un sector industrial que se ha visto afectado es el del automóvil, que sigue inmerso en una profunda crisis, nada bueno teniendo en cuenta que da trabajo a 1,9 millones de personas, entre empleos directos e indirectos, representado el 9% de la población activa. Las caídas de las matriculaciones en 2020 (-32,3%), de la producción (-19,6%) y la exportación (-15,5%), ya ha repercutido en destrucción de empleos: podría alcanzar entre 33.200 y 40.500 en proveedores, concesionarios y vendedores, según fuentes del propio sector. Las ventas de automóviles del pasado mes de enero del 2021 son las peores cifras de ventas de turismos y todoterrenos de la historia (-51,5%), afianzando a nuestro país como el peor de los cuatro principales mercados europeos, con una caída que doblaba la media de la UE (-24%).

Otro sector industrial muy perjudicado, ha sido el sector aeronáutico, que también atraviesa una crisis coyuntural debido a los efectos colaterales de la pandemia. Las restricciones de movilidad y las limitaciones para volar han llevado a las aerolíneas domésticas a reducir sus plantillas y paralizar sus inversiones en la compra de nuevas aeronaves. El descenso en las inversiones de las aerolíneas y la bajada de actividad han tenido como resultado un excedente del 40% de la mano de obra en el sector aeronáutico. Las empresas deben adaptarse, no solo a una importante reducción del tamaño del mercado, sino también a los profundos cambios producidos por el teletrabajo, el desarrollo tecnológico y la sostenibilidad medioambiental. Factores que, sin duda, afectarán para siempre a la forma de viajar. Posiblemente, la aeronáutica civil sea la industria global más afectada por la crisis sanitaria en el mundo, que ya en 2020 ha visto reducida su actividad por encima del 40%, y donde no se prevé una recuperación del mercado a niveles pre Covid-19, al menos, hasta 2026.

España va indiscutiblemente de la mano del sector turismo, un factor clave para nuestra economía, que ocupa la segunda posición en el mundo y en Europa, en número de turistas internacionales. El sector es el que más aporta a la economía española, con un total de 176.000 millones de euros anuales que representan el 14,6% del PIB, además de dar empleo a 2,8 millones de personas. España cerró el 2019 con un récord de llegadas de 83,7 millones turistas extranjeros, sin embargo, durante el 2020 las reservas de viaje cayeron un 80% con el consiguiente cierre de hoteles y apartamentos turísticos y los cientos de miles de pérdidas de puestos de trabajo vinculados a este sector.

Como en todas las guerras, también en la crisis del Covid-19, tenemos vencedores. Dejando al margen el gran ganador, el sector farmacéutico y de fabricación sanitaria, también existen una serie de sectores que se han visto favorecidos:

El sector logístico, como consecuencia de las restricciones de movilidad se incentivó la compra online, generando que los servicios de distribución y entregas de mercancías, como correos, paquetería y servicios de comida a domicilio han visto aumentar sus cifras de ventas.

También el sector digital, como consecuencia de la pandemia el público se vio obligado a cambiar de hábitos al no poder salir a la calle. Plataformas digitales como “Netflix” han visto como sus cuotas de pantalla aumentaban significativamente. También las plataformas de juegos online como “Twitch” y la de videoconferencias de pago “Zoom”, que debido a la necesidad de implementar el teletrabajo ha visto un crecimiento de sus cifras de venta del 326% (datos facilitados por la propia empresa).

El sector agroalimentario, se ha convertido juntamente con la distribución alimentaria y los canales de venta de proximidad como los supermercados en ganadores durante la pandemia. Durante el 2020 el sector agroalimentario español ha representado un 3,8% del PIB, con un leve crecimiento respecto al año anterior.

Para el sector informático y de ciberseguridad, el teletrabajo obligó a las empresas a adquirir grandes cantidades de ordenadores portátiles y aplicaciones de software, viéndose obligadas a tener que tomar precauciones con antivirus y cortafuegos.

El sector de la educación, también se ha visto favorecido con nuevas fórmulas de enseñanza online de todo tipo, desde clases de yoga, fitness a clases de pintura, pasando por todo tipo de cursos, máster y postgrados.

Mientras tanto, el sector público ha aumentado su presencia en la economía nacional. En 2007 representaba el 14,6% del PIB (157.201 millones) y en 2019 se situó en el 16,4% (203.432 millones). El alza es de 2,2 puntos, unos 46.000 millones más en euros corrientes. En cuanto al empleo, y ya que la Contabilidad Nacional computa conjuntamente todos los puestos de las Administraciones, sanidad y educación del país, hace 12 años llegaba al 17,5% (3,6 millones) del mercado laboral total y ahora representa nada menos que el 22,4% (4,1 millones). El sector público ocupa a uno de cada cinco trabajadores españoles.

 

PREVISIONES ECONÓMICAS

La estimación del FIM -Fondo Monetario Internacional- es que la tasa de paro de España tendrá una evolución poco favorable como consecuencia de la crisis económica que ha generado por la pandemia. La estimación es que se vuelva a los niveles del 2019 -un 14,1%- en el año 2026. El organismo, desde su sede en Washington, ha añadido que la recuperación “depende de un fuerte repunte del consumo privado. Y de un incremento sustancial a la inversión pública financiada principalmente por la utilización de los fondos de la Unión Europea, dentro del programa llamado “Next Generation EU”.

El fondo europeo supone la gran oportunidad para impulsar la recuperación y afrontar el doble reto de la absorción de un importe de inversión relevante (España podría recibir entre 2021-26 en torno al 5,8% del PIB en ayudas directas) y de aprovechar el crecimiento para mejorar la competitividad a futuro.

La difusión de las vacunas y la aplicación del Fondo Europeo de recuperación (NGEU) sostienen las expectativas de reactivación, tras la fuerte contracción en 2020 (-11%).

Conforme se vaya avanzando en la vacunación masiva, se proyecta un crecimiento del PIB del +6,5% en 2021 y +5,2% en 2022 . A pesar de ello, el PIB en términos reales en 2022 sería todavía inferior a los niveles previos a la pandemia.

A medio plazo, dos factores pueden limitar el potencial de crecimiento del Consumo Privado y de la Inversión; por una parte, la Tasa de Paro que se estima en 2022 en niveles del 16,2%, ya sin los mecanismos especiales de los ERTE, -que podrían extenderse en parte del 2021- y por otra, el aumento del Déficit Público que elevaría la Deuda pública/PIB, manteniéndose en torno al 118,8% en 2022.

 

RECOMENDACIONES

Confianza. España es un gran país, con numerosos recursos materiales y humanos. Estamos en un mundo cada vez más globalizado y uno de los grandes logros de los españoles de las últimas décadas, fue su integración en la Unión Europea en 1986. La pertenencia a la UE nos servirá de paraguas, tanto para facilitar las vacunas e implementar una gestión adecuada para salir de la pandemia, como para orientar los cambios estructurales pendientes e inyectar el dinero necesario que nos ayude a salir de “la boca del lobo”.

Transparencia. Cuando escribo este artículo, nos encontramos en la fase decreciente de la llamada “tercera ola del Covid-19” y en mi opinión, la sociedad española tiene suficiente madurez como para saber el verdadero alcance de la pandemia, tanto en las cifras del número de muertos, -a la fecha más de 100.000 personas, según datos estimados por el INE (Instituto Nacional de Estadísticas) frente a las cifras oficiales de 70.000 fallecidos- como en el número de desempleados reales, que, a finales de febrero del 2021, ya superaba los 6 millones. El Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, informaba de los datos relativos al mes anterior y una vez más las cifras son desoladoras. A los casi 4 millones de parados registrados, por primera vez en 5 años, hay que sumar los casi 300.000 no ocupados, los 408.000 con disposición limitada, los más de 900.000 en ERTE y los cerca de 362.000 autónomos en cese de actividad.

Seguridad jurídica. El capital es miedoso y cuando no existe seguridad jurídica se refugia en lugares más seguros. Actualmente no es el momento para generar dudas en la Justicia española, no es el momento para cambiar el derecho a la propiedad, no es el momento de hablar de nacionalizar empresas, no es el momento de cambiar el sistema de pensiones, no es el momento para aumentar los impuestos y no es el momento de generar incertidumbre entre los ahorradores, ya sean pequeños ahorradores que compran un piso o un local para alquilarlo y tener una pequeña inversión que pueda complementar su futura pensión o de grandes fondos de inversión, que en vez de invertir en España lo harán en cualquier otro país que les genere más confianza.

Deuda Pública. La deuda pública cerró el 2020, en el 117,1% del PIB, su mayor nivel en 118 años, -según fuentes del Ministerio de Asuntos Económicos-, fecha en la que la economía española tuvo que hacer frente a los efectos de las guerras coloniales que acabaron con la pérdida de Filipinas y Cuba, fechas en la que la deuda pública marcó un 123,61%. La deuda que se emite ahora es una factura para las siguientes generaciones, ello restará potencial de crecimiento a la economía y la hará más vulnerable para futuras crisis.

Solvencia. La respuesta política a las necesidades de las empresas y los autónomos españoles a estas alturas ya no es de liquidez, los problemas después de un año son de solvencia y requieren intervención inmediata, antes de que se hagan endógenos y puedan arrastrar al sistema financiero. La respuesta debe venir de la colaboración entre el sector público, el financiero y la economía real, es necesario primar la eficacia y la solvencia sobre criterios de ideología política.

Digitalización. La crisis del Covid-19 que estamos atravesando, ha adelantado unos años una revolución digital que se preveía más lenta. La entidad bancaria Bankia, tiene una campaña publicitaria que habla de “humanismo digital”, y así debería de ser. No podemos pretender que las personas mayores tengan que hacer toda su operativa bancaria o fiscal, por un teléfono móvil, ni podemos dar por hecho que todo el mundo tiene un smartphone de última generación. Pasar de lo analógico a lo digital, es moverse de lo físico (el sello en ventanilla) a lo digital (la firma digital) y conlleva una adaptación progresiva para la que aún no está preparada toda la sociedad española.

Cultura. Durante los primeros días de la pandemia, cayó en mis manos el libro escrito por Almudena de Artega “Ángeles Custodios” sobre la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna” financiada por el rey Carlos IV. La enfermera Isabel Zendal y el médico Francisco Javier Balmis llevarían en barco, la vacuna de la viruela, desde el puerto de A Coruña a América del Sur.

Acertadamente “Balmis” se ha llamado la operación del Ejército de Tierra español durante la pandemia, todo un desafío logístico para implementar desinfección, apoyo sanitario, reparto de material ayuda en las residencias de mayores, etc. Y curiosamente, la Comunidad de Madrid, tuvo el acierto de bautizar como “Enfermera Isabel de Zendal” al nuevo Hospital de Emergencias, un centro sanitario monográfico para crisis pandémicas. En México, es recordada con cariño e incluso una escuela de enfermeras lleva su nombre, ahora es en su país natal donde Isabel Zendal ‘volverá a luchar’ contra una pandemia, esta vez, 200 años después, contra el Covid-19.

Dicen que Fernando Villalón-Daoíz (1881-1930), agricultor, anticuario, chamarilero de cuadros, ganadero de bravo, caballista, enamorado del traje corto, la jaca y la garrocha, también conocido como el poeta “Brujo” o el poeta de “Andalucía la Baja”, amigo de la Generación del 27, especialmente de Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez, compañeros en los jesuitas de El Puerto de Santa María, que pidió en su testamento:

«Que me entierren con espuelas

 y el barbuquejo en la barba

 que siempre fue mal nacido

quien renegó de su casta«.

He querido concluir este artículo para la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País, resaltando la importancia de la cultura, la educación, la generosidad de grandes personajes ilustres e ilustrados que a lo largo de los siglos han forjado un gran país, España, del que debemos estar orgullosos y nunca renegar de nuestro ilustre pasado.

Aprovecho para dar las gracias a todos los que han estado y están en primera línea contra el Covid-19: médicos, enfermeras, personal sanitario, personal de limpieza, personal auxiliar en residencias de mayores, profesores, farmacéuticos, investigadores, militares, policías y un largo etcétera. Un millón de gracias para todos.

 

Francisco Manuel Ramos Oliva

Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales.
Diplomado en Valoración de Empresas y Planificación Financiera.
Miembro del Registro de Economistas Forenses del Consejo General de Economistas.
Presidente de la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País.